Orugas en la luna
Tras tres atribulados tristes días nublados, la noche olía a hierba recién cortada, ese aroma que queda tras el paso del cortacésped sobre los campos verdes, era extraño, pues aquí tan solo huele a mar, a salino, a Neptuno y a sirenas, y aquel olor invadía ahora toda la estancia, embriagándola de recuerdos a campos de golf y piscina de agua dulce. Desde lo alto, en mi atalaya solitaria, miré el atardecer, grandilocuente, anaranjado, un sol que se iba a dormir entre las anodinas nubecillas que aun se resistían a desaparecer tras la invasión de tres días atrás.
Desde el balcón del faro que dominaba la costa, encendí mi pipa, por momentos, el olor a hierba cortada desapareció y acudió el fuerte olor a tabaco picado que en volutas se desprendía de mi inestimable cachimba, que me acompañaba en mis largos días solitarios en acueste faro del comienzo del fin del mundo.
La vi a ella, vestida de blanco, de curvas perfectas, como una mujer que flotara por encima de las aguas, luchando a muerte con los malignos copos de algodón, los sutiles tules y las gasas que le cubrían su cuerpo, impidiendo ver su desnudez, rescoldos del recuerdo de tres días de cielos cubiertos que se resistían a esfumarse, y despacio, las jirones de tela se fueron desprendiendo de su cuerpo, las algodonosas nubecillas que la ocultaban se difuminaron en la nada y me mostraron toda su desnudez, su esfera perfecta, sus curvilíneas formas; allá, reinando majestuosa, grande, enorme, enigmática, la luna me saludó guiñándome un ojo.
Me puedo pasar horas enteras contemplándola. ¡ Tan Perfecta ¡.
No, hoy no es perfecta, no es mi luna, está allí, como siempre, saludándome y sin embargo, algo no está correcto, me ha guiñado con desgana y ... ¡ Ha perdido su redondez ¡
¡ Algo está pasando ¡ . Tiene un brillo deslucido, como si estuviese herida.
Sigue oliendo a hierba recién cortada.
Y ahora quizá me tachéis de loco, de ido ó de cualquier otra palabra que se os ocurra, pero desde ese día, la marea dejó de ser también la misma.
La vi palidecer, retrocedía, como la marea abandonando la playa. Y como tantos otros días, la mire con mis otros ojos, mis ojos de astrónomo aficionado, a través de mi lente, de mi catalejo de navegante de tierra, de farero solitario y ... ajá, lo sabía, mi intuición de viejo fumador de pipa pocas veces me abandonó, allá sobre la luna, se movía un ejército de diminutos seres. Orugas. Si. si. No desvarío, ni estoy soñando, una catarvá de orugas se estaban comiendo la luna. Por eso olía a hierba recién cortada.
Imperceptiblemente, iba menguando, menoscabada, horadada en su superficie, día tras día percibí el efecto de aquellos diminutos seres sobre la lejanía, robándole espacio a mi satélite, que languidecía bajo la escuálida luz de estrella lejanas, y cual platelmintos que se nutren de la sabia intestinal, aquestos gusanos de plata, se estaban comiendo la luna a pedacitos, con un meneito pendular de sus cabezas, recorrían la superficie lunar, trazando un semicírculo, y engullendo roca que sabía a hierba fresca, a hoja verde, a clorofila, a menta y eucalipto, unas mandíbulas repletas de coriáceos dientecillos roían y roían el queso cual ratón urbanita, y eran cientos de miles, allá arriba afanadas en alimentarse, y día a día las veía engordar, crecer, con sus anillos peludos urticantes y sus patitas diminutas, e incluso oía el cric cric cric , que todo el mundo siempre atribuía a los grillos, y la luna iba menguando, ya se apreciaba la abolladura externa, el achatamiento. El batallón de insectos iban segando con hoz acerada la fisonomía lunar, el campo verde de hojas pétreas y la luna lucía con ese aspecto apático de árbol atacado por plaga, de bosque invadido por la procesionaria del pino.
¿A quien contar mi historia?.
No, gracias.
Prefiero terminar mis días en este faro, solitario, fumando mi pipa, observando ver menguar la luna, que encerrado en un manicomio barato inflado a pastillas y sin vida propia.
Los gusanos comeluna la han dejado ya pequeñita, delgada, anoréxica, una mera mala copia de si misma, mientras ellos están orondos, panzudos, obesos, lustrosos y apenas se mueven ya, apenas si caben todos en el pequeño pedazo que ha quedado, mientras todo el mundo sigue pensando que la posición relativa del sol y la Tierra es la que le da este aspecto tan de luna, tal de hoz, tan de boomerang australiano, pero están equivocados, esta vez están equivocados.
Hoy he notado un cambio en las orugas, han dejado de comer, de hacer cric cric cric, pero siguen activas, están bordando, tejiendo una capa blanca con hilos de seda.
Ya no huele a hierba recién cortada.
Empieza a oler a algodón dulce de feria, a seda, un olor dulzón, que invade y se sobrepone sobre el olor salino y un aroma agridulce se mezcla en torno al faro. Tan sólo mi pipa es capaz de apagarlo, mientras está encendida.
Metamorfosis.
Mis gusanos comeluna están haciendo capullos, se están hilvanando, fabricando una etérea mortaja que les dé la intimidad necesaria para desvestirse y transvertirse en una nueva especie. La luna parece un campo de algodón. Lleno de bolitas blancas. De capullos de seda.
La marea se ha retirado. He visto esta tarde volar gaviotas.
Algo se mueve en la luna. Si. Hoy las he visto por primera vez. Son pocas aun, pero ya están fuera. Espléndidas, de alas blancas manchadas de polvo lunar, revolotean, juegan, descubren su nuevo mundo. La superficie lunar se mueve y con ella la marea regresa, invadiendo lentamente la costa, ahora si es mi marea de siempre, la que me trae recuerdos y me alegra con risas mis horas vacías en este lugar perdido. Vuelve a crecer la blancura, la franja estrecha de media luna aumenta de día en día. Miles de mariposas blancas la van haciendo crecer. Sigo sin contar mi historia a nadie, me iré a la tumba con ella, la luna crece de mariposas blancas, de lepidópteros surgidos de capullos, luna creciente. Huele a aire fresco, a aleteo de alas salpicadas de polvillo.
Se aparean en el aire, juegan, se entrelazan, engordan la luna, me guiñan un ojo cuando cierran sus alas al unísono, sólo ellas saben que yo lo sé. Es un espectáculo que ellas ejecutan tan sólo para mi, tan sólo para los ojos de quien no mira con la razón, sino con la imaginación, con los ojos de un farero que escucha golpear las olas y oye aleteos y cree en mareas de mariposas blancas allá lejos, muy, muy arriba.
Hoy hay un peasso de luna enorme en el cielo, me gustaría que la pudieras ver, está llena de mariposas, y ellas no cambian, no cambian nunca, pero hacen la luna.
Ahora, cuando la miro, si está menguante, triste, con ganas de llorar, sé que sólo son orugas que se la están comiendo, pero un día cuando les llegue la muerte del cuerpo, renacerán y la luna volverá a estar creciente, y más hermosa que nunca.
Desde el balcón del faro que dominaba la costa, encendí mi pipa, por momentos, el olor a hierba cortada desapareció y acudió el fuerte olor a tabaco picado que en volutas se desprendía de mi inestimable cachimba, que me acompañaba en mis largos días solitarios en acueste faro del comienzo del fin del mundo.
La vi a ella, vestida de blanco, de curvas perfectas, como una mujer que flotara por encima de las aguas, luchando a muerte con los malignos copos de algodón, los sutiles tules y las gasas que le cubrían su cuerpo, impidiendo ver su desnudez, rescoldos del recuerdo de tres días de cielos cubiertos que se resistían a esfumarse, y despacio, las jirones de tela se fueron desprendiendo de su cuerpo, las algodonosas nubecillas que la ocultaban se difuminaron en la nada y me mostraron toda su desnudez, su esfera perfecta, sus curvilíneas formas; allá, reinando majestuosa, grande, enorme, enigmática, la luna me saludó guiñándome un ojo.
Me puedo pasar horas enteras contemplándola. ¡ Tan Perfecta ¡.
No, hoy no es perfecta, no es mi luna, está allí, como siempre, saludándome y sin embargo, algo no está correcto, me ha guiñado con desgana y ... ¡ Ha perdido su redondez ¡
¡ Algo está pasando ¡ . Tiene un brillo deslucido, como si estuviese herida.
Sigue oliendo a hierba recién cortada.
Y ahora quizá me tachéis de loco, de ido ó de cualquier otra palabra que se os ocurra, pero desde ese día, la marea dejó de ser también la misma.
La vi palidecer, retrocedía, como la marea abandonando la playa. Y como tantos otros días, la mire con mis otros ojos, mis ojos de astrónomo aficionado, a través de mi lente, de mi catalejo de navegante de tierra, de farero solitario y ... ajá, lo sabía, mi intuición de viejo fumador de pipa pocas veces me abandonó, allá sobre la luna, se movía un ejército de diminutos seres. Orugas. Si. si. No desvarío, ni estoy soñando, una catarvá de orugas se estaban comiendo la luna. Por eso olía a hierba recién cortada.
Imperceptiblemente, iba menguando, menoscabada, horadada en su superficie, día tras día percibí el efecto de aquellos diminutos seres sobre la lejanía, robándole espacio a mi satélite, que languidecía bajo la escuálida luz de estrella lejanas, y cual platelmintos que se nutren de la sabia intestinal, aquestos gusanos de plata, se estaban comiendo la luna a pedacitos, con un meneito pendular de sus cabezas, recorrían la superficie lunar, trazando un semicírculo, y engullendo roca que sabía a hierba fresca, a hoja verde, a clorofila, a menta y eucalipto, unas mandíbulas repletas de coriáceos dientecillos roían y roían el queso cual ratón urbanita, y eran cientos de miles, allá arriba afanadas en alimentarse, y día a día las veía engordar, crecer, con sus anillos peludos urticantes y sus patitas diminutas, e incluso oía el cric cric cric , que todo el mundo siempre atribuía a los grillos, y la luna iba menguando, ya se apreciaba la abolladura externa, el achatamiento. El batallón de insectos iban segando con hoz acerada la fisonomía lunar, el campo verde de hojas pétreas y la luna lucía con ese aspecto apático de árbol atacado por plaga, de bosque invadido por la procesionaria del pino.
¿A quien contar mi historia?.
No, gracias.
Prefiero terminar mis días en este faro, solitario, fumando mi pipa, observando ver menguar la luna, que encerrado en un manicomio barato inflado a pastillas y sin vida propia.
Los gusanos comeluna la han dejado ya pequeñita, delgada, anoréxica, una mera mala copia de si misma, mientras ellos están orondos, panzudos, obesos, lustrosos y apenas se mueven ya, apenas si caben todos en el pequeño pedazo que ha quedado, mientras todo el mundo sigue pensando que la posición relativa del sol y la Tierra es la que le da este aspecto tan de luna, tal de hoz, tan de boomerang australiano, pero están equivocados, esta vez están equivocados.
Hoy he notado un cambio en las orugas, han dejado de comer, de hacer cric cric cric, pero siguen activas, están bordando, tejiendo una capa blanca con hilos de seda.
Ya no huele a hierba recién cortada.
Empieza a oler a algodón dulce de feria, a seda, un olor dulzón, que invade y se sobrepone sobre el olor salino y un aroma agridulce se mezcla en torno al faro. Tan sólo mi pipa es capaz de apagarlo, mientras está encendida.
Metamorfosis.
Mis gusanos comeluna están haciendo capullos, se están hilvanando, fabricando una etérea mortaja que les dé la intimidad necesaria para desvestirse y transvertirse en una nueva especie. La luna parece un campo de algodón. Lleno de bolitas blancas. De capullos de seda.
La marea se ha retirado. He visto esta tarde volar gaviotas.
Algo se mueve en la luna. Si. Hoy las he visto por primera vez. Son pocas aun, pero ya están fuera. Espléndidas, de alas blancas manchadas de polvo lunar, revolotean, juegan, descubren su nuevo mundo. La superficie lunar se mueve y con ella la marea regresa, invadiendo lentamente la costa, ahora si es mi marea de siempre, la que me trae recuerdos y me alegra con risas mis horas vacías en este lugar perdido. Vuelve a crecer la blancura, la franja estrecha de media luna aumenta de día en día. Miles de mariposas blancas la van haciendo crecer. Sigo sin contar mi historia a nadie, me iré a la tumba con ella, la luna crece de mariposas blancas, de lepidópteros surgidos de capullos, luna creciente. Huele a aire fresco, a aleteo de alas salpicadas de polvillo.
Se aparean en el aire, juegan, se entrelazan, engordan la luna, me guiñan un ojo cuando cierran sus alas al unísono, sólo ellas saben que yo lo sé. Es un espectáculo que ellas ejecutan tan sólo para mi, tan sólo para los ojos de quien no mira con la razón, sino con la imaginación, con los ojos de un farero que escucha golpear las olas y oye aleteos y cree en mareas de mariposas blancas allá lejos, muy, muy arriba.
Hoy hay un peasso de luna enorme en el cielo, me gustaría que la pudieras ver, está llena de mariposas, y ellas no cambian, no cambian nunca, pero hacen la luna.
Ahora, cuando la miro, si está menguante, triste, con ganas de llorar, sé que sólo son orugas que se la están comiendo, pero un día cuando les llegue la muerte del cuerpo, renacerán y la luna volverá a estar creciente, y más hermosa que nunca.
3 comentarios
maria -
white -
angel_poeta -
Sigue asi felicitaciones
un beso.